El perchero aún la espera. Como si el tiempo se hubiese quedado de pie en la entrada. Como si el verano no hubiese llegado nunca y el invierno no se la hubiese llevado.

Allí sigue, su abrigo gris, el que olía a lluvia y a lavanda, el que me decía que ya estaba en casa aunque el mundo se cayera a pedazos. Yo no fui capaz de moverlo. Porque moverlo sería aceptarlo. Y aceptarlo sería aprender a vivir con la herida sin esperar ya la cura.
El silencio lo dijo todo.
Ni un portazo. Ni un adiós. Ni siquiera un murmullo. Solo el silencio —ese que se instala entre las paredes como el polvo— fue quien me enseñó que ya no estaba. Y la taza. Dios mío, la taza. Aquella taza honda, la de los dos sorbos por la mañana y el borde ligeramente agrietado. Allí quedó, intacta, como un testigo mudo de que alguna vez compartimos el café y el tiempo, y la vida.
Miré el reloj y no supe qué hora era. Porque ya no hay hora para el café cuando se hace para uno solo. Y tampoco hay ritual cuando falta la ceremonia del “buenos días”
Hoy no haré café. Porque no aprendí a hacerlo desde que no está su risa acompañando el hervor, ni sus pasos suaves acompasando la cocina. Y aunque a veces amago con servirlo, una sola taza me parece una traición al recuerdo. Una profanación al altar que ella dejó.
No se llevó su abrigo. Ni su taza. Ni su perfume que a veces aún despierta en los armarios y me sacude por dentro. Ella no se llevó nada. Y, sin embargo, todo se fue con ella.
El sofá ya no conversa. La cama no se hunde igual. Y el perro tampoco duerme como antes.
A veces me siento frente al ventanal, el mismo donde leíamos en silencio, y dejo que la luz del atardecer me atraviese como una daga lenta. No hay sangre, pero hay dolor. Un dolor sin grito, sin palabra, sin explicación. Una pérdida tan quieta que apenas se atreve a llorar.
Y yo, yo solo espero que el abrigo un día no esté. Que la taza se rompa. Que el silencio me devuelva lo que nunca se llevó del todo: su presencia callada que aún tiembla en los rincones.
Fue en el silencio donde todo comenzó. Y es en el silencio donde sigo viviendo. No por elección. Por fidelidad. Porque el amor, cuando se vuelve ausencia, no se reemplaza, se honra. Miguel Alemany


Excelente. Muchas gracias por compartirlo. Lecturas como esta hacen ver a uno la importancia del amor entrañable en lo cotidiano. Cuando ese amor se va físicamente, lo cotidiano se convierte en nostalgia.
Me alegro de que te guste. Mis mejores deseos para 2026