«El sabio dialoga con sus miedos y arranca una enseñanza». Miguel Alemany
Los escucha con atención, reconoce en ellos señales de prudencia y, al mismo tiempo, descubre su tendencia a disfrazarse de autoridad. El sabio desenmascara ese juego con humor sobrio, separa consejo de manipulación y mantiene su propio centro. No busca desterrar al miedo, porque sabe que su presencia aporta vigilancia; lo disciplina y lo coloca en el lugar que le corresponde: sirviente útil en el viaje, jamás soberano del destino. En esa relación equilibrada se cifra la verdadera libertad: gobernar los impulsos sin aplastarlos, otorgar espacio sin entregar el trono.
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